Me lo dijiste, me advertiste que terminaría siendo tu esclavo, y yo se que tú no querías, pero que nada has podido hacer para terminar como hemos terminado.
Estamos aquí los dos, en la barandilla de cubierta del Hotel Arts, tan sólo a 100 metros del suelo.
Estamos aquí, delante de las máquinas del aire acondicionado sintiendo el empuje que la extracción imprime contra nuestra espalda.
Tú estás detrás de mí, como otras veces, yo al frente del vacío con mis manos hacia atrás, sujetándome a tus caderas.
Me acaricias el pecho descubierto que tus ganas han dejado exhibido contra la ciudad. Yo ladeo la cabeza hacia atrás, hasta apoyarme en tu hombro.
Me hablas al oído, me dices lo de otras veces, que soy hermoso, que soy bello, que no me puedes amar más porque dejaría de ser tuyo. Yo sólo te escucho, no confieso ni me creo con derecho.
La noche es luminosa, la luna plena nos corona y tu mano busca hacerme el amor con los dedos, liberando el botón del pantalón, bajando la cremallera, metiéndome la mano bajo el slip, hasta sentirte rodeando todo mi sexo con tus yemas.
No es la primera vez que me exhibes, pero si la primera que deseas exhibirme al mundo, o así siento que lo intentas. Nunca te había notado así, tan suave y entregada a mí, casi como si yo mandase sobre ti. Algo te sucede hoy.
Sigues tocándome, buscando mi erección que nunca te cansas de reconocer, parece que siempre es distinta entre tus manos.
Quizá sean tus manos que me dan esa impresión, nunca las siento iguales.
Si me pusieses una venda en los ojos creería que a veces envías a otras en tu lugar.
Hoy retrasas el momento de sacármela, hoy te regocijas sabiendo que me duele tenerla doblegada en ese crecer que provocas. Tu boca sigue hablándome, casi besándome, con la suavidad de tus palabras torturadas que hacen de los labios caricias para mi cuello.
“ Se tratarte como quieres. Se que te gusta como te trato, que no te maltrato porque mi cuerda se tensa hasta donde tu puedes soportar, hasta donde yo quiero llegar porque no quiero ir más allá, nunca lo quise”
Tus palabras suenan tiernas, extrañas como en las otras ocasiones, excitantes por el enigma que siempre me das, por tu embrujo de mujer sin destino, perdida y sentida por mí. El vello de los oídos se me eriza al escucharte, creo que es tu pelo ondulando sobre el pabellón, creo que es tu piel de mejilla rozándose contra mi mandíbula, pero no lo es, son tus palabras y sus misterios que me tienen atado a ti.
Sacas el tema de la primera vez y lo retornas entre tus manos, con esas manos que la primera noche me tomaron por sorpresa en medio de la pista de baile. Y me lo dices, sabiendo que pienso en ello.
“¿Te acuerdas?” (sabes que si que me acuerdo), “Fui directa a ti, sin mediar palabra, te abracé y metí las manos bajo tu camiseta negra de Marithé. Mi boca no te soltaba y mi mano viajo directa dentro de tu pantalón, al ritmo de la música, al ritmo del techno intenso y con la locura de las luces, entre la muchedumbre que nos camuflaba”.
Tu recuerdo siempre me provoca lo mismo, un espasmo genital que avanza entre tus manos. Ahora las dejas como muertas, se que lo haces porque te gusta sentir en la palma el reptar de mi pene, porque te acaricio al crecer sobre ti, entre tus dedos siempre atentos.
Ambos cerramos los ojos cuando sentimos el despertar de la máquina.
El aire empuja con intención, fuerte y sonoro, y tú te agarras a mi, rodeándome la polla con fuerza, ya toda fuera…
y me besas en el cuello mientras busco el equilibrio de ambos en este precipicio que te has inventado.
Tu beso se siente de un ayer, idéntico a la primera vez… y tus manos, ambas como en aquella ocasión, sujetándome por los huevos mientras me masturbas sobre la población.
“Bailabas, lo intentabas, intentabas disimular lo que no podías negar ¿recuerdas?”
Me besas de nuevo, en el otro costado, y me muerdes la oreja. Sigues masturbando frente a la noche y sus estrellas.
“Luego hubo otras ocasiones, otras veces, pero la primera me vuelve loca, lo sabes… aún te siento sorprendido, sin saber que hacer, viéndote gemir, jadear y gozar sin saber como podías hacerlo en medio de ese caos para los sentidos, en medio de esa lujuria sensorial que yo te robaba e hice sólo mía para tus estímulos”.
Nuevamente no se donde estoy, con ella pierdo la noción del tiempo y lugar, me dejo llevar a cualquier situación sin percibir riesgo. Ella es mi confianza, mis ojos, mis sentidos, mi corazón, mi alma. Vivo dentro de ella y eso me hace su esclavo.
“Es preciosa esta noche de hoy, tan suave, tan luminosa. Mira como te brilla el glande, está hermoso”. “Siempre dices lo mismo, que son mis manos. Lo sé, se que soy yo quien te excita con esta tensión en la piel, que no soy normal, como las otras chicas, que a veces piensas que te someto a una prueba interminable esperando, deseando que falles para así poder olvidarte. Tú, en cambio, nunca me limitas, nunca me pides detenerme, nunca miras abajo”.
Una noche muy especial, es verdad, pero no son las estrellas sino ella detrás de mi sin nada más por delante que sus manos masturbándome entre el aire. Y me dice como siempre dice estas cosas, casi sin avisar y apareciendo de repente, “te la voy a chupar, me apetece”.
Aparece entre mis piernas, sujetándose a mis caderas, ascendiendo sus dedos por el vientre hasta cerrarse en mis pezones. Su pelo ondea bellísimo con el fondo de noche, sus ojos me miran como si las estrellas estuvieran en ellos, su melena sigue ondeando al vacío de la ciudad y su boca me recorre humedeciendo la carne que el aire enfría, besando para traerme el calor, chupando para sentirme anclado a su garganta y olvidar el vértigo de este edificio, para traerme el vértigo de ella.
Levanto los brazos en cruz y cierro los ojos. Siento la noche hiriéndome de diamante los pezones, azotándome la espalda con su obsesivo aire que busca desequilibrarme, acariciando todo mi cuerpo con su profundidad infinita, sintiéndola a ella, la noche de esta noche de altura, perfumando el aire de morenas sombras y sus destellos de saliva.
La noche me engulle por su boca y me recuerda que soy su servidor, que nada puedo hacer por evitarla, que la deseo más que a la vida.
La noche me recuerda que soy frágil en este estado alzado, sobre esta barandilla limite de dos mundos convertida en purgatorio de mis placeres, sin vida, sin muerte, sólo con ella entre las piernas.
Como siempre hace, y siempre me sabe de distinta manera, se detiene cuando debe y me mira, serena, tranquila, como viajera de un país de niñas, sonriente hasta la ternura. Luego me dice: “Fóllame, quiero que me folles”.
Lo logra donde sea que estemos, siempre lo logra.
La ayudo a subir a la barandilla, los dos, funambulistas nocturnos de este lugar sin mañana ni ayer. Ella se acerca y yo retrocedo buscando en la posición de los pies como hacer frente a su descaro.
“¿Otra vez temes, amor?, ¿si la última vez lo hicimos entre los trenes y el emparedado de sus zumbidos, tantas veces como quise sentir el peligro, crees que hoy será peor? Aquí estamos tú y yo solos, simplemente en el aire. No temas, haz como en el túnel de montaña, imagina un entrante para apoyarte y protegerme de los vehículos. Aún recuerdo cuando me lo hiciste mientras los camiones pasaban con sus bocinas.”
De nuevo sus palabras hipnotizándome, diciéndome que esta vez es muy tranquila la situación, ignorando la posible caída de ambos, confiada en exceso hacia mí.
Ella no se detiene, se desnuda indiferente a donde caen sus ropas, unas dentro de la terraza, otras directas a la calle. Ahora cae su tanga.
Desnuda se acerca a mi en esta mitad de la nada, y no puedo hacer más que mirarla, seducirme con ella un poco más de lo que creía no podría, deleitarme con su belleza salvaje, con su cuerpo de hembra y su alma huidiza de esta ciudad que vive abajo.
Me besa.
Me vuelve a besar.
Otra vez me besa, inyectando en mí seguridad y olvido del lugar.
De nuevo lo hace, me besa mientras enrosca sus manos a mi cuello y sus piernas se levantan con mis manos debajo. De un salto certero se aferra a mi y nos fundimos en uno. Giro los pies con ella en el aire y la enfrento al vacío.
Esta noche es distinto, esta noche no corro peligro.
Esta noche es ella la que me ha regalado su vida y siento que era mejor ser esclavo, sentirme dominado por su influjo y no depender de mi su vida. Si, hubo otros riesgos, pero nada comparable con la simpleza de este.
Pegada a mí, casi dormida, con sus brazos en abrazo, con su pecho quemándome el mío, con sus piernas enroscadas a mi cadera, con su sexo clavándose lentamente en descenso por su peso contra mi verga, con su trasero a la intemperie de la gravedad y la noche rodeándola, y la ciudad mirando nuestra extraña manera de amarnos.
“Me gustaría tanto morir follando” – me dice flojito al oído y me besa con dulzura en la comisura de la boca.
Apenas puedo mirarla, eso supondría separarla del centro de gravedad que he creado.
Su corazón late contra el mío, lo noto, está acelerado como no había sentido antes. Ella tiene miedo, lo dicen sus manos agarrotadas en mi espalda, pero sus piernas se sienten distintas. Sus piernas me encierran sin temblores, permitiendo la intima cercanía el roce de su corto vello pubico contra el mío.
Sus movimientos pausados, sin prisas, sin ganas de torturarme con las cimas que suele dominar. Su sexo sin avaricia, sencillamente conmigo.
No puedo tocarla, ella lo sabe, si moviera las manos ambos caeríamos. Sólo por eso sigo pensando que soy su esclavo cuando todo indica lo contrario, que ella está en mis manos.
“No me sueltes, no pares aunque me sientas gozar en el clímax, sigue clavándote en mí, es la única manera de sobrevivir”.
Hoy no comprendo sus palabras, quizá no las he comprendido nunca, pero hoy suenan extrañas, me ha suplicado.
Concentrado en el equilibrio dejó que ella goce con mi medio estar, con mi completa sexualidad y mi completa supervivencia, la de ella que si no sobreviviera moriría a su vera.
La noche es tan bella, que ya no puedo hacer más.
La noche es tan bella que olvido mi responsabilidad y me dejo llevar por la necesidad, por tenerla aunque sea una vez por igual, por sentirla como no me atrevía, por tener el miedo de ella en las venas y al mismo tiempo la excitación de su latido, latiendo yo a su ritmo.
“Ámame esta noche” – se le escapa de la voz.
Decido amarla, mostrarle todo lo que ya le amaba y ella no quería saber. Ya no vale el vacío, ya no vale pensar en el riesgo de caer, ahora lo único que sirve es mostrar todo lo que la puedo amar. Es ahora y no después, no mañana.
Mis manos desobedecen la razón y recorren a mi amor, alcanzan su nuca y le ofrecen la palma para reposar, para distanciar su cara de mí, para volver a enfocar sus ojos con los míos.
Nos miramos y nos vemos distintos, libres de depender de un amor sometido, plenos de verdad en este arriesgado mundo nuestro sin más tierra bajo los pies que una estrecha barandilla.
La veo gozar, sin parpadear, con los labios sofocados de respirar el mismo aire que respiro.
La veo gemir mientras muerde su labio inferior, cuando retorno pleno a su interior.
La veo jadear, cantando a las estrellas, intentando mirar detrás de ella, suicidando su melena al asfalto.
La veo feliz y mujer por primera vez, lejos de sus juegos, arriesgando junto a mí por lo que ambos sentimos al unísono.
Su cuerpo se recorta en el vacío, la inclino para verla aún mejor.
Sus manos en mis brazos, sujetándose de instinto, sus piernas retorciéndome, su entrepierna quemándome sin irse, sus pechos como lunas llenas, su manera inquieta.
“Cariño” – la oigo decir.
Cierro de nuevo los ojos, porque no puedo hacer nada más, porque la noche nos arrastra a un universo perdido. Nos alcanza el orgasmo entre una tromba de aire caliente, la máquina del aire se activa y yo me desequilibro, equilibrado por dentro del placer que comparto con ella.
Ambos creemos caer, ligeros, unidos por los sexos, sin nada por medio más que nuestro amor.
Viramos y hacemos de ello baile, giramos y lo convertimos en beso al compás de un vals, volteamos y nos hacemos uno de dos carnes amantes, caemos sin saberlo y seguimos haciéndolo.
Los cuerpos sienten dolor y se extermina de inmediato por el mayor de los placeres nacidos entre ambos. ¿Estamos o no estamos?, ¿seguimos vivos o aún estamos por morir juntos en este último destino?.
Sin abrir los ojos, escuchando aún su respiración de placer, la recorro con el tacto. Sí, es ella y está entera.
Despertamos juntos con temor de vernos muertos. Pero no, estamos más vivos que nunca, un poco doloridos por caernos de la barandilla al interior de la terraza, después de que la suerte eludiera la centena y nos dejara en esta unidad.
“¿A ti también te duele? – me pregunta.
Pues claro –le respondo- si no doliera no sería amor.
'Escrito por 'PolTenBock'
en En tu Alcoba